Carta abierta a mi papá, a propósito de las elecciones

Creo que la única que se acuerda soy yo, que este blog nació hace cuatro años, en unas elecciones presidenciales tanto o más polarizadas que las de hoy. El 15 de junio de 2014, escribí sobre mi papá y la decisión que enfrentaba el país y nos dividía a nosotros: decidir entre Santos o Zuluaga.

Cuatro años después las cosas no han cambiado mucho. Y es que en nuestras opiniones personales y en nuestras inclinaciones políticas, mi papá y yo somos polos opuestos. Y al mismo tiempo, estamos siempre del mismo lado. Coincidimos en una admiración mutua y un respeto por la opinión del otro que es, de hecho, el origen de nuestros conflictos. Precisamente porque reconocemos en el otro a un contendor digno, capaz, informado y crítico, nos enfrascamos en agitadas discusiones en las que sabemos que, seguramente, no logremos cambiar la opinión del otro pero de las que reconocemos podemos salir fortalecidos, al cuestionar nuestros presupuestos y poner a prueba nuestros argumentos. No me parece una cosa menor en un país en el que, con frecuencia, vemos las cosas en blanco y negro y en un momento histórico en el que con un click (del control remoto o en la pantalla de nuestros celulares) podemos apagar las opiniones de los que no piensan como nosotros, darles “unfollow” para no ver lo que publican o cambiar el canal o el dial para escuchar al periodista que sí nos gusta porque dice lo que queremos oír.

Pero también debo reconocer que al recordar y releer esa publicación de hace cuatro años, extrañé mi propio ímpetu de entonces cuando, ante mi frustración por no poder hacerle ver a mi papá que “el que decía Uribe” era el peor de dos males, decidí lavar nuestros trapitos nada y más y nada menos que en frente de cualquiera que quisiera leerme. En ese escrito de hace cuatro años decía, medio en chiste y medio enserio, que si Zuluaga ganaba yo me iba del país. Zuluaga no ganó, pero yo sí me fui. Me fui a perseguir mis sueños con el impulso, apoyo y patrocinio incondicional e infinitamente generoso de mi papá y de mi mamá. Quiero creer que fue la distancia (aunque en el fondo no fue solo eso) lo que atenuó nuestras discusiones y enfrentamientos sobre el destino político del país. Lo cierto es que aunque sentí una enorme decepción cuando mi papá anunció su voto por Duque (el segundo Iván que se mete entre nosotros) asumí una actitud de “ya pa qué”. Y obvio, no  he guardado silencio absoluto ni me reservé mis opiniones al respecto (no es mi naturaleza como ya adivinarán los que leen este blog). No dejé de botar un comentario por aquí, compartir una noticia o columna por allá, hacer un chistecito sobre mi inminente embarazo ya que salí hace un mes a vacaciones y me encuentro inusualmente ociosa. Pero creo que perdí un poco ese arrojo de mis 23 años y preferí evadir la controversia así que mi papá y yo no llegamos a tener un verdadero debate de aquellos que nos muestran todo lo que nos separa para demostrarnos que, en el fondo, nos parecemos en todo lo que importa.

Así que, papá, te escribo esta carta para pedirte por última vez que reconsideres tu voto. La hago pública porque sé que son muchas hijas y muchos papás (o mucha s nietas y abuelos, o hijos y mamás, sobrinos y tías de las que no les vamos a esconder la cédula aunque quisiéramos) los que verán un eco de sí mismos en este escrito.

Si pudiera hacerte ver con los ojos con que yo te miro a ti, te mostraría que Iván Duque, un político sin la experiencia necesaria para gobernar, que fue senador porque se coló en la lista cerrada que lideró Uribe, cuyas posiciones actuales contradicen diametralmente a otras expresadas en el pasado y, sobre todo, que se presta para que otro gobierne a través suyo, me parece lo más contrario a los valores y la entereza que admiro en ti, y al pensamiento crítico, la ética personal y sentido de dignidad que me has inculcado desde que tengo memoria.

Te mostraría también que junto a Duque se paran los personajes nefastos que quieren dar al traste con los derechos que las minorías han conquistado en nuestro país. Derechos y luchas que tu y yo hemos discutido en el pasado y que, tras años de conversaciones y discusiones, con la terquedad e insistencia que heredé de ti y gracias a tu amor por mí y tu empatía por la humanidad, hemos llegado a coincidir en que son necesarios: la necesidad de que las mujeres decidan sobre sus cuerpos, por lo menos cuando su vida y su salud corren peligro, cuando han sido víctimas de una violación o cuando la vida del feto es inviable; el derecho de las personas LGBTI a ser reconocidas en su plena ciudadanía y dignidad al reconocérseles los derechos de los que gozamos todos los demás; y la responsabilidad que tenemos por hacer cuanto esté en nuestras manos para hacer posible la paz en Colombia, aunque ello signifique ceder en ciertas posiciones y reconocer que hacemos parte de un conflicto en el que nunca hubo buenos a un lado y malos al otro, sino una guerra que nos hace a todos pedazos, y que ,además, afectó y afecta de manera particularmente cruel a quienes no gozan  de nuestros privilegios.

Siempre te he visto orgulloso de pertenecer a la generación que gestó y vio nacer la Constitución del 91. Cuando en el colegio aprendí sobre la Séptima Papeleta, esperé ansiosa a que llegaras del trabajo para preguntarte si tú la habías depositado. Y cuando me dijiste que sí y me contaste lo que recordabas sobre ese momento, sentí como si fueras tu el responsable de todo el movimiento que gestó esa Constitución. Y no sé si lo has pensado, pero hoy yo tengo casi la misma edad que tenías tu cuando, en tu juventud, decidiste que querías una Constitución en que la aspiración por un país en paz fuera ley de leyes, en que se reconociera la pluralidad y multiculturalidad de nuestras comunidades, en que la Iglesia y el estado estuvieran separados y en que hubiera unos derechos inviolables que los ciudadanos pudiéramos hacer valer a través de la tutela. Ahora que tengo casi los mismos años que tu en aquella época, todas esas aspiraciones han empezado a materializarse pero, en su insipiencia, lo que hagan nuestros dirigentes puede llevarlas a su concreción o absoluto fracaso. Y un candidato que propone la eliminación de las altas cortes, que se asocia con las corrientes fanáticas que desconocen el significado del estado laico, cuyo partido político se caracteriza por la absoluta intransigencia y cuyo caudillo político ha hecho de su figura una ideología que por personalista se convierte en incuestionable, no parece estar inclinando la balanza hacia la primera opción.

Como tu me vas a perdonar que yo te haya hecho el objeto de este escrito y destinatario de esta carta, que leerán muchos de mis amigos y unos cuantos de los tuyos, yo también te perdono que votes por Duque. Pero solo si lo haces a conciencia, con sentido crítico, en pleno uso de esa inteligencia, congruencia y ética personal que todos – y yo de primeras entre todos – ellos admiramos en ti.



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La fantasía del abuso sexual

La fantasía más común relacionada con el abuso sexual es…

No. No es lo que se están imaginando. La fantasía más común relacionada con el abuso sexual es pensar que denunciar un abuso sexual con nombres, datos, pelos y señales, especialmente en un país como Colombia, produce algún tipo de consecuencia positiva o justa. No. Es muy difícil que haya consecuencias para el victimario más graves que las consecuencias que enfrenta la sobreviviente en un país en el que la enorme mayoría de casos de abuso quedan impunes y, sobre todo, en una sociedad cuya primera reacción es dudar de la veracidad de la denuncia o de los intereses que impulsan a la denunciante.

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Sintura con ese de Sánchez: mi educación feminista y "Dear Ijeawele" Parte II

Aquí comienza la segunda parte de las reflexiones que me provocó el último ensayo de Chimamanda Ngozi Adichie “Dear Ijeawele, or a Feminist Manifesto in Fifteen Suggestions”. La primera parte la encuentran haciendo click aquí, y ahí escribí sobre todas las cosas que mi mamá supo hacer bien, 26 años antes de que este libro fuera concebido.

Pero como cualquier cosa en la vida, no todo es color de rosa. Muchas de las palabras de Adichie también me recordaron las contradicciones y presiones con las que crecí.

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Sintura con ese de Sánchez: mi educación feminista y "Dear Ijeawele" – Parte I

El libro

Anoche me leí, ¡por fin!, “Dear Ijeawele”, el libro en el que Chimamanda Ngozi Adichie le da a su amiga de infancia 15 consejos para criar una hija feminista. Inevitablemente, cada página me hizo pensar en mi mamá. Quienes me conocen saben que mi relación con ella es uno de los pilares de mi vida. Tanto, que hace unos días conversaba con unas amigas sobre la mejor forma de hablar sobre mí misma, de describirme en menos de 200 palabras para un ejercicio que nos propusimos, y una de ellas me dijo: “Tienes que hablar de tu mamá!” Y los que la conocen a ella creo que entienden realmente porqué es tan determinante en mi vida, y porqué no me alcanzan las palabras para explicarlo.  No podría ni en 200 ni en dos millones y por eso hicieron falta los 15 consejos de Adichie para que a mí se me ocurriera como articular lo que me dispongo a escribir.

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Nuevas masculinidades, viejos machismos

Hace poco hablaba con un tipo sobre su descubrimiento de las nuevas (y mejores) masculinidades. Ese es el término con que el feminismo y sus aliados han denominado al hecho de descubrir, como el personaje de esta historia, que es más chevre ser un hombre que cree en la verdadera igualdad de género y con ello llegar a la convicción, en palabras y obras, de que el modelo de hombría con que hemos crecido – el del macho fuerte, proveedor, racional y por ello superior a la mujer y dado al mundo del intelecto y el trabajo (por oposición al mundo del hogar y la familia) – le hace tanto daño a los hombres como a las mujeres.

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Amigas,

Me sonó el celular dos veces casi simultáneamente. Dos sonidos sucesivos del ringtone que le corresponde a cada una en mi celular, el que puse para responderles a ellas cuando no estoy para el mundo en general. Una me escribe que le ayude a buscar un curso de algo, que ya no le emociona su trabajo y se quiere ir, del trabajo y del país. Cambio a la otra conversación y déjà vu: “quiero renunciar e irme a viajar”. Las dos trabajan en el que alguna vez fue un trabajo soñado.

No son las únicas. Unas a punto de graduarnos de nuestra maestría de los sueños, otras con trabajo en envidiables compañías multinacionales, unas ganando mucho más de lo que pensaban que se podía a esta edad, otras ganando mucho menos de lo que se merecen pero haciendo el trabajo que siempre quisieron. Algunas ni lo uno ni lo otro pero con la tranquilidad de haberse graduado de la carrera que amamos, y no de la que nos dijeron que abría más puertas en la vida. Las que están en el país quieren salir corriendo mientras mi primera amiga de la vida quería quedarse en Colombia y la vida se la trajo para USA. Ya hay un par casadas con los amores de su vida. Y todas en crisis. Ninguna sabe lo que quiere ni está donde quiere estar.

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Ideas para regalar en el Día de la Mujer

No había vuelto a este espacio porque, muy sinceramente, empecé a sentir que no tenía sentido.  Ganó el “no” en el plebiscito por la paz, los gringos eligieron por presidente a un misógino, racista, xenófobo e inepto, mi adorada alma mater dio vía libre al ciber matoneo y despidió a una de las mejores profesoras que he tenido y alguien me dijo que el feminismo es discriminación inversa. ¿Qué efecto pueden tener mis palabras en un mundo que se rehúsa a cambiar?, pensé, y abandoné el ciberspacio.

Pero volví. Porque mañana es el Día Internacional de la Mujer y por primera vez en mi ya no tan corta vida alguien me hizo sentir que este día podía significar algo más que felicitaciones ridículas y frases cursis que solo perpetúan estereotipos sobre la feminidad. Me hablaron de una campaña llamada #MeComprometo que nos pide que, en lugar de flores y tarjeticas, le regalemos al mundo y, sobre todo, nos regalemos a nosotros mismos un compromiso con la promoción de una igualdad de género real (esa que no se queda en el papel o en la ley o en el simulacro).

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El bobo más vivo

Frente a la Victoria del “No”mi primera reacción fue de rabia contra mí misma y contra todos los que nos habíamos pasado las cuatro semanas previas al plebiscito defendiendo los acuerdos, completando las verdades a medias y desmintiendo las mentiras completas de algunas campañas. “Qué idiotas!”, pensé, “¿porqué caímos en el juego retórico de los del “no”? ¿Porqué nos dejamos reduir a una posición de defensa? ¿Porqué nunca entramos a cuestionar las consecuencias si ganaba el no? Solo hasta que vi ese 50.21% en la pantalla de mi computador fue que finalmente me di cuenta de la enorme incertidumbre en la que nos sumió esa decisión y en el error tan grande que había sido nunca cuestionar esas consecuencias con la misma vehemencia con la que los detractores del Acuerdo cuestionaron su contenido.

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De paz, argumentos y sentimientos

No había regresado a este espacio porque no había podido articular mi punto de vista sobre el momento crítico que está viviendo Colombia y escribir sobre cualquier otra cosa me parecía vano. Desde que se anunció el fin de las negociaciones hasta este momento sentía que todo lo que podía decirse sobre los Acuerdos de paz ya estaba dicho o escrito y que, de cualquier modo, no tenía una controversia o pregunta por resolver. Mi apoyo a la firma e incorporación de los Acuerdos fue absoluto e indiscutible de manera que, aunque he seguido minuciosamente las sesudas discusiones en torno al tema, nunca sentí que tuviera nada que aportar pues en mi cabeza nunca hubo duda ni controversia alguna sobre el sentido de mi decisión. No puedo negar que esa decisión surgió y se hizo fuerte a raíz de mis sentimientos y no de disquisiciones ni argumentaciones. Que tengo argumentos para apoyar el sí, los tengo, y muchos. Pero si soy totalmente honesta, esos argumentos intelectuales fueron acumulándose solo después de un impulso sentimental que desde el primer momento constituyó una profunda convicción de que debía apoyar el sí en el plebiscito. A lo mejor, soy el vivo ejemplo de aquello de los que nos acusan quienes militan por el no y aseguran que somos sentimentaloides, ilusos e ingenuos. Porque si hay un “argumento” que ha hecho carrera entre los que se oponen a la aprobación de los Acuerdos es ese: que los que apoyamos la Paz estamos ciegamente guiados por nuestros sentimientos, engañados por una idea falsa y despojados de nuestra capacidad de razonar.

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De nombramientos y opinión multimedia

Por razones que no voy a mencionar, no haré un juicio de valor sobre la elección de Néstor Martínez como nuevo Fiscal General. Sin embargo, no puedo dejar de comentar sobre las reacciones que he visto frente a este nombramiento. Resulta esperanzador ver que la tecnología, el acceso a la información y las redes sociales hacen que estos procesos dejen de ser un asunto de los que están 'allá arriba' para convertirse, por lo menos, en un tema de conversación y hasta cierto punto en una controversia que, aunque tenue, sospecho que no existía cuando a las personas simplemente les informaban de estos acontecimientos en el programa radial de la mañana o al recibir o comprar el periódico, sin que tuvieran mucha oportunidad de indagar sobre los procesos y motivaciones detrás de lo que ocurre ni de cuestionar públicamente a los elegidos. 

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La guerra, la paz y la imaginación


Francamente, no sé qué pensar de ese afán silenciador que ha acompañado las noticias sobre el cese al fuego. Perdí la cuenta de la cantidad de comentarios que he leído en redes sociales en los que unos exhortan a otros a no opinar al respecto del proceso de paz porque no son víctimas. Están los detractores, los que lo acusan de ser un proceso que llevará a la impunidad y que, entonces, nos acusan de que "es muy fácil decir esto o aquello, vivir una fantasía, cuando tu y tu familia no han sido víctimas". Pero de este lado, entre quienes nos permitimos creer que este inicio de la paz es mejor que la continuación del conflicto a pesar de la imperfección de las negociaciones, tampoco estamos mejor y hemos jugado exactamente con el mismo argumento: "es muy fácil ser enemigo de la paz desde la comodidad de tu apartamento, detrás de la pantalla del computador, cuando tu no has puesto los muertos".
 

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Te lo agradecemos, María Luisa, pero no

Una de las noticias más leídas en el portal de El Tiempo la semana pasada anunciaba la renuncia del presidente de Bancolombia, Carlos Raúl Yepes. Muchos no sabíamos quién era él exactamente, aunque tenemos clarísima la importancia de su cargo en el sector privado en nuestro país. Y de repente, con la publicación de esa noticia todo el país pudo enterarse un poco de cómo funcionan las cosas para la persona encargada de manejar el banco privado más grande de Colombia y uno de los más grandes del continente. El eje principal de la nota: una carta escrita por su hija mayor en la que le pide moderar su ritmo de vida para cuidar su salud fue la ocasionó la inesperada renuncia.

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Hombres (algunos y poquitos), ¡feliz día de la mujer!

Como estoy hastiada de la melosería absurda y sin sentido que desde que tengo memoria ha caracterizado al día de la mujer (sí esa de que la mujer es hermosa, siempre cariñosa y dulce… y de paso idealmente sumisa, débil e incapaz) este año decidí que este día es mío y por eso voy a hacer con él lo que me plazca. En lugar de dejárselo a los que, sin ninguna duda, van a seguir con el  día del clavel, el peluche y la chocolatina decidí que quiero compartirlo con algunos hombres, bastante más poquitos de los que me gustaría, pero que, sin embargo, en algunas ocasiones me han permitido soñar que las luchas por la igualdad de género (las que se celebran hoy pero a todos se nos olvidan) sí van para algún lado en lo que al género masculino respecta.

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Vicky Dávila y las 50 cosas impropias de un periodista

Cae muy mal la gente que dice “se lo dije”, así que no lo diré. Pero por ponerlo de algún modo, ya habíamos hablado de los peligros e infamias de un periodismo poco riguroso y de ética laxa y esta semana fue como si Vicky Dávila se lanzara a gritar en los micrófonos de la FM “me ofrezco como tributo!”...para comprobar las consecuencias de ese periodismo irresponsable y carente de rigor.

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Hoy desde París, mañana desde cualquier lugar del mundo

Mi amiga Daniela y yo estamos separadas por casi 4,000 kilómetros de distancia.

“Dani, vi lo de los incidentes en París. Espero que tu hermano, su novia y todos sus amigos estén bien”, le escribí por WhatsApp. En menos de 10 segundos recibí su respuesta: “Los tórtolos ya se reportaron y están bien. Gracias por estar pendiente”. Luego, me tomó más tiempo a mí hacer la lista de otros amigos y conocidos que viven en la capital francesa que a mi celular, a través de Facebook, informarme que todos ellos se habían reportado ‘a salvo’. Desde ese mismo aparato, mientras me desplazaba en bus, consulté las noticias más recientes y un mapa que me mostraba que uno de los restaurantes donde se presentaron los tiroteos queda a poca distancia del apartamento en que viví por 6 meses hace ya varios años.

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Carta abierta a Viviane Morales

Usted no me conoce. Me ha visto, pero estoy segura que no se acuerda de mi. Yo en cambio sí la recuerdo mucho. Por motivos que no hace falta mencionar, en el 2011 fui una testigo silenciosa y casi invisible de una reunión que se organizó en su honor, para celebrar su nombramiento como Fiscal General de la Nación. Yo la recuerdo mucho porque a mis 20 años, apenas iniciando mis estudios universitarios y mientras me hacía cada vez más consciente de las injusticias que se cometían contra mí por el simple hecho de haber nacido mujer, tenía toda la importancia del mundo tener en frente a la primera mujer que sería Fiscal General de Colombia. Ese día usted estaba rodeada de hombres, hombres de esos que se ríen con voz falsamente ronca y que se dan sin cesar palmadas en la espalda. Y sin embargo, en mi mente usted valía 20 de ellos. Estoy segura que ya estaba acostumbrada a la situación. Si en el segundo decenio del siglo XXI a usted la acababan de nombrar la primera mujer en uno de los cargos más importantes del país no es porque en el mundo político (ni en ningún mundo en realidad) haya precisamente igualdad de género. De algún modo, ese día para mi usted era la cara de todas las mujeres del país que aspiramos a vivir en un lugar en que a las mujeres nos tomen con la seriedad que, como seres humanos capaces y dignos, merecemos.

Imagínese mi decepción cuando hoy la veo en todos los medios como la cara de un movimiento que busca aplastar la posibilidad de conformar una familia a una minoría que, como las mujeres, ha padecido la discriminación, los estereotipos, el menosprecio  y la humillación que caracteriza a la sociedad machista en la que tuvimos a la vez la suerte y la desgracia de haber nacido.

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En Bogotá, ¿estamos vendiendo el sofá?

A una señora el marido le pone los cachos en el sofá de la casa. Para solucionar su problema ella vende el sofá.

Mi mamá me ha contado muchas veces esta historia, que a ella le contaron en una escuela de padres en mi colegio que, si mal no recuerdo, se trataba de lidiar con hijos adolescentes. Desde que me la contó, siempre que tengo un problema y le busco una solución me pregunto si con esa solución estoy arreglando el verdadero problema o si estoy vendiendo el sofá. 

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Prohibiciones para los cuerpos jóvenes, traumas de las mentes adultas

Cuando leí el primer titular que decía que el Procurador quiere prohibir las muestras “excesivas” de afecto en los colegios lo primero que se me vino a la cabeza fue un recuerdo de mi adolescencia. Yo estaba con mi novio de ese entonces, teníamos como 18 años. Estábamos haciendo fila para comprar helado y cuando él me dijo que me invitaba me empiné, lo abracé y le dí un beso en la boca. Una señora, que en ese momento me pareció que tenía como 70 años pero que, teniendo en cuenta que a esa edad a uno los de 30 le parecen viejos, a lo mejor tenía unos 55, nos dijo “Eso está prohibido. Acá hay niños”.

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