Yo elijo que otros puedan elegir

Comenzaré con algunas aclaraciones:

  • He asistido a una corrida de toros. He experimentado por mí misma todo lo que implica este “ritual” y conozco (superficialmente, pero lo suficiente) las nociones básicas de la tauromaquia.

  • Hace tiempo decidí no volver a estos espectáculos porque no me sentía bien estando ahí.

  • Estoy plenamente convencida de que el valor supremo de la vida en comunidad debe ser el respeto por las libertades individuales; ante cualquier dilema espero poder optar siempre por la posición desde la que la elección personal de cada individuo para definir su vida y su experiencia vital (dentro de los límites del respeto por la libertad de los demás) sea lo principal.

  • Considero que la “protección de los derechos de los animales” parte de creencias análogas a las creencias religiosas.

Antes de que me salten encima procedo a aclarar mis aclaraciones y el porqué de incluirlas en esta humilde opinión.

Empiezo de abajo para arriba. Creo que la noción de derechos de los animales es más un acto de fe que otra cosa. Muchos creemos ver en los “animales” una cierta dignidad, unos sentimientos, unos comportamientos que, puesto que el lenguaje es nuestro principal e infranqueable paradigma, calificamos con las mismas palabras con que nos referimos a la experiencia humana: ternura, amor, valentía, fidelidad, etc, etc, etc. Pero en realidad –y nuevamente por el tema del lenguaje–, no sabemos. No sabemos si estamos interpretando el comportamiento animal de manera correcta porque un animal no se comunica como un ser humano. Que interpretemos el que nuestro perro nos bata la cola como alegría es un comportamiento nuestro, como humanos (que nos ‘inventamos’ la alegría y decidimos llamarla así) , y no de ellos, los animales. No sabemos si lo que nosotros llamamos “fidelidad”, por ejemplo, no es más que una evolución del instinto de preservación que los animales desarrollan una vez son domesticados y aprenden con quién deben aliarse para asegurar las mejores condiciones de vida. Y, sin embargo, también hay miles de motivos para creer que los animales tienen dignidad, sentimientos, conciencia de sí mismos y de su dicha o de su sufrimiento. Miles de motivos también tienen los católicos y cristianos para creer en Dios, los Musulmanes para ser devotos de Mahoma y los Yoruba para encomendarse a Eleguá. Mi punto es que alegar unos derechos para los “animales” viene de una convicción profunda del corazón de aquellos que creen en ello, que se basa en el sentimiento, en una sensibilidad del espíritu si se quiere, pero no en la razón. Lo cual, por supuesto, no tiene nada de malo. Como no tiene nada de malo rezarle a la Virgen, o meditar, o buscar el Nirvana, o pagar el diezmo, o comulgar, entre otras.

Lo que sí tiene mucho de malo es pretender prohibir y con ello quitarle a los demás la posibilidad de decidir libremente la forma en que quieren vivir su vida, aludiendo a unas convicciones o creencias personales. Como dije, creo en el principio (que ojalá algún día sea universal) de la libertad individual. Bajo este principio defiendo el acceso al la interrupción voluntaria del embarazo, no porque crea que todas las mujeres con embarazos indeseados deben abortar sino porque creo que todas deben tener la POSIBILIDAD de decidir si hacerlo o no. Igual ocurre con el matrimonio y la adopción por parte de parejas homosexuales. La defiendo no porque yo me quiera casar con una mujer, ni mucho menos porque crea que todos los homosexuales deben casarse y tener hijos, sino porque espero que aquellos que sí lo quieran puedan ELEGIR ese destino para sí mismos. (Parece estúpido hacer esta aclaración, pero a veces me sorprende lo necesario que resulta frente a algunas personas).

 

Vuelvo a los toros. 

Porque he asistido a corridas de toros puedo entender que, desde el punto de vista de algunos, este sea considerado un rito, un espectáculo cultural y ancestral (aunque a mí me incomode y me disguste este rito). Por esta misma razón, no puedo apoyar a aquellos que se imaginan las corridas de toros como un espectáculo absolutamente descontrolado e irracional en que el público se deleita ante la sangre y grita, aplaude y vitorea pidiendo más, al mejor estilo de las malas películas y series sobre la Roma de los gladiadores. No los apoyo precisamente porque no son conscientes de que eso es lo que IMAGINAN y no lo que es. Aclaro que con esto no pretendo decir que para poder protestar contra la tauromaquia entonces los detractores de este espectáculo deben asistir a una corrida. He aquí la magia de la fantástica e insuperable libertad individual: quienes no están de acuerdo no asisten y deben tener todo el derecho y todas las garantías para criticar y protestar en contra por cuanto medio tengan a su alcance. 

Para lo que no hay derecho ni Derecho (sí con minúscula en el sentido de facultad inherente al ser humano y con mayúscula en el sentido de ley) es de prohibir las corridas de toros. Porque con eso estaríamos quitándole la posibilidad de ELEGIR a unos pocos la manera en que quieren expresarse, relacionarse con otros y divertirse, bajo la premisa de que este espectáculo se opone a las creencias, convicciones y gustos de muchos. Como dije, no me gustan las corridas. Por experiencia propia puedo decir que no me hacen sentir bien.Y al observar a mi alrededor veo (con gusto) que cada vez más personas se alejan de estas tradiciones. Pero no por eso puedo querer quitarle por ley a otros la posibilidad de elegir.