Felicitaciones Uribistas y Antiuribistas uniandinos

A mi que me expliquen la tara de los colombianos y de nuestros medios de comunicación con los abucheos. Que abuchearon a Santos aquí y allá, que chiflaron a Uribe en la Universidad de los Andes. En este país (supuestamente democrático) es noticia de primera página que algunos ciudadanos no están conformes con la gestión de los políticos y lo hacen saber a través de la herramienta civilizada y humana por excelencia: su capacidad de manifestarse a través del lenguaje.

Y de paso que me expliquen el miedo de algunos estudiantes uniandinos de que en nuestra Universidad haya gritos, chiflidos y protesta. Hasta donde sé nadie agredió a Uribe, ni a sus copartidarios ni a ninguno de los organizadores del evento (ellos, también, estudiantes y miembros de la comunidad uniandina que ejercen su derecho a expresar sus inclinaciones políticas al organizar el evento). Que le insultaron a la mamá. Sí. Todavía nadie en el universo se ha muerto por eso. Que le recordaron sus vínculos con los paramilitares. Nada nuevo ahí. Qué hubiera sido mejor que entraran a “debatir” con el senador Uribe y compañía, tal como él mismo lo propuso? Difícil. El evento, la mayoría de sus asistentes, sus organizadores (y por lo tanto quienes establecen las reglas de “debate”) militan en el Centro Democrático, razón por lo cual la garantía de una posibilidad real de confrontamiento de ideas es bastante limitada. Que los estudiantes que se oponen a las ideas de Uribe y a su forma de ejercer el poder y de comportarse en el mundo político lo esperen a la salida para gritarle “No más guerra, no más oportunismo”, desde mi punto de vista es un acto que merece aplausos. Como también los merecen quienes en respuesta gritaron “Uribe, amigo, el pueblo está contigo”.

La manifestación pública y emocionalmente comprometida de un grupo de jóvenes estudiantes (o dos grupos enfrentados, en este caso) es esperanzadora en este país, por decir lo menos. Es una muestra de que no todo el mundo ha perdido la fe en la democracia, en la cosa pública, en la libertad de expresión y en la capacidad de la palabra (por oposición a la guerra y el conflicto) para decir ‘este es el país que yo quiero’.

Y para adelantarme a los que ya están pensando en contestar que qué se logra con estos enfrentamientos verbales agitados en términos de encuentro, de intercambio de ideas y de consenso, les respondo por adelantado. Aparentemente no mucho y al mismo tiempo algo enorme. Por supuesto que en medio de la gritería, la mofa de los uribistas, la actitud de superioridad de algunos de ellos (muy evidente en muchos de los videos que circulan por ahí) y de la grosería de algunos protestantes, la posibilidad de dar cabida a la idea del contrincante es nula. Pero no por eso la manifestación tanto de unos como de otros deja de ser importante. ¿Por qué? Primero, porque a los políticos les recuerda que hay un grupo enorme de personas jóvenes, educadas (en el verdadero sentido de la palabra) y políticamente comprometidas que no solo dependen de su gestión sino que están vigilantes y ante quienes deben responder (tanto simpatizantes como detractores). Segundo, y lo que es todavía más importante, nos recuerda a todos que los demás no son como nosotros y no tienen porqué serlo. Nos recuerda que nuestro compañero de pupitre puede militar en el partido que me causa escozor, que el que se sienta frente a mi en la biblioteca tiene opiniones completamente contrarias a las mías, que el que me presta la bata del laboratorio cada miércoles no tiene las mismas ideas que yo y que no por eso la Universidad de los Andes ha dejado de ser un espacio que nos acoge a todos cada día y en el que tenemos todas las posibilidades para tomarnos nuestra felicidad en nuestras manos. Que precisamente por eso, en el ejercicio de nuestras carreras, de nuestras vidas, de nuestra forma de ver y vivir la democracia ese otro tiene que tener siempre un lugar preponderante. Que lo que yo siento y pienso, que mi ideal de país, no siempre podrá ser tal y como yo lo imagino, porque voy a tener que imaginarlo y construirlo con ese otro tan diferente a mí.

¿Que los uniandinos hoy quedamos como unos “maleducados”? La etiqueta y buenos modales, por mí, que los metan a un contenedor y los manden a donde sí se necesiten. Si los jóvenes fuéramos siempre respetuosos de las reglas, de lo que se considera de buen gusto, apropiado y “educado” (en el peor uso de esa palabra) la Constitución del 91 no se le habría ocurrido a nadie. El respeto absoluto e incontestado a esos supuestos modales y esa mal llamada “buena educación” lo único que hace es limitar la posibilidad de expresión y con ello cualquier posibilidad de progreso.

Porque creo que es una forma de que el país y sus dirigentes se den cuenta que sí hay jóvenes comprometidos, críticos y dispuestos a actuar, entonces, por mí, que chiflen y rechiflen, abucheen, griten e insulten a Santos y a Vargas Lleras, a Uribe, a Cabal y a Valencia, a Robledo y a Cepeda y hasta al profesor de Constitución y Democracia si quieren.