La fantasía del abuso sexual

La fantasía más común relacionada con el abuso sexual es…

No. No es lo que se están imaginando. La fantasía más común relacionada con el abuso sexual es pensar que denunciar un abuso sexual con nombres, datos, pelos y señales, especialmente en un país como Colombia, produce algún tipo de consecuencia positiva o justa. No. Es muy difícil que haya consecuencias para el victimario más graves que las consecuencias que enfrenta la sobreviviente en un país en el que la enorme mayoría de casos de abuso quedan impunes y, sobre todo, en una sociedad cuya primera reacción es dudar de la veracidad de la denuncia o de los intereses que impulsan a la denunciante.

Ah, ¿no? ¿Y entonces porque estamos teniendo esta conversación? ¿No es, acaso, porque como sociedad decidimos centrar la conversación sobre lo mal o bien que estuvo que Claudia Morales denunciara una violación sin nombrar al violador en lugar de ponernos a hablar sobre el crimen y todas las condiciones que existen para que estos casos ocurran con tanta frecuencia y a tantas mujeres de tan distintas características? Hablamos de la ética de la víctima primero y se nos olvidó que lo grave es que hay una víctima porque hay un victimario y hay una sociedad que cría y un sistema que protege a ese violador. Tampoco estamos hablando de los riesgos que corre una sobreviviente de violación al revelar su situación, en particular cuando su violador es un hombre de gran poder en el país, sino de los pobrecitos jefes de la periodista que no fueron los que la violaron pero que qué tal los empiecen a relacionar con el crimen. Porque es más canalla hacer que el que deba algo tema las consecuencias así sea por unos días (el que nada debe nada teme, queridos) que violar a una mujer. ¿Verdad?

Y en nuestra perfecta misoginia estamos todos pensando que si será que ella no ha pensado que si no denuncia quién es el tipo está poniendo en riesgo a otras potenciales víctimas. En lugar de pensar en todas las otras cosas que sí ponen a las potenciales víctimas de este y otros muchos violadores en peligro: la cultura de la violación que nace, crece y se reproduce con cada chiste machista, cada piropo cochino lanzado en la calle, cada agarrada de pierna debajo de la mesa que consideramos simple mala educación en lugar del acoso sexual que realmente es; la desacertada costumbre de llamar monstruos a acosadores y violadores para intentar tapar el sol con un dedo y no darnos cuenta que los violadores están en todas partes, porque en todas partes hay hombres que crecen y se educan en un medio que les enseña que las mujeres somos su propiedad y que nuestros cuerpos existen no más que para su satisfacción; o el machismo que todos llevamos dentro y nos hace pensar, casi por instinto, que cada mujer que denuncia es una mentirosa en potencia, que solo quiere fama o tirársele la vida a un pobre hombre inocente. 

Claudia Morales no nombra a su violador porque no se le da la gana, porque está en su derecho de guardar silencio y porque hacer lo contrario no defiende a nadie de nada (porque repito: en un país con un sistema de justicia incapaz de perseguir a los violadores, unos periodistas que defienden el acoso sexual como simple mal comportamiento y una sociedad que no le cree a las mujeres, denunciar penalmente una violación es pegarse un tiro en el pie). Ella revela esa situación para desahogarse, para reafirmarse como sobreviviente más que como víctima, para sumarse al ejército de mujeres que hoy están diciendo yo también y ni una más.  Y también, a lo mejor, lo hace por las mujeres que han pasado por situaciones similares. Mujeres que creen que el abuso o acoso sexual del que han sido víctimas fue su culpa: por como iban vestidas, por un gesto que pudo ser malinterpretado, por la forma en que hablaron, por haberse tomado esa última copa. Porque de eso las ha convencido la sociedad machista y misógina que las rodea. Y esas mujeres, gracias a Claudia Morales y a otras como ella, se dan cuenta de que no. Que no fue su culpa y nunca lo será. Que la única culpa la tienen el violador y todo el ecosistema que permite que ese violador se críe, exista y vaya por su vida tan campante. Se enteran, por fin, de que no son las únicas y que no están solas. 

Si vamos a hablar de cómo una denuncia que no nombra al culpable pone a otras víctimas potenciales en peligro en lugar de ver que en realidad es parte de un proceso de sanación personal que se convierte en sanación colectiva para todas las que ya fueron víctimas, los que estamos contribuyendo a que exista ese peligro somos nosotros. Si seguimos concentrando la discusión en la responsabilidad de la víctima por la forma de su denuncia o, lo que es peor, en los supuestos hombres que pueden salir afectados por esa denuncia, entonces somos casi tan canallas como el victimario.