Sintura con ese de Sánchez: mi educación feminista y "Dear Ijeawele" Parte II

Aquí comienza la segunda parte de las reflexiones que me provocó el último ensayo de Chimamanda Ngozi Adichie “Dear Ijeawele, or a Feminist Manifesto in Fifteen Suggestions”. La primera parte la encuentran haciendo click aquí, y ahí escribí sobre todas las cosas que mi mamá supo hacer bien, 26 años antes de que este libro fuera concebido.

Pero como cualquier cosa en la vida, no todo es color de rosa. Muchas de las palabras de Adichie también me recordaron las contradicciones y presiones con las que crecí.

Lo que nos faltó, a mí, a mi mamá y al libro

“Eight suggestion: Teach her to reject likeability […] we teach girls to be likeable, to be nice, to be false. And we do not teach boys the same. It is dangerous”. Adichie dice que es muy peligroso criar niñas complacientes, que siempre quieren caer bien, porque ellas son las mismas que ante el abuso y el maltrato callan, por vergüenza o para no incomodar. Y las que pierden parte de sí mismas, de su identidad, que “se doblan de mil formas” con tal de que los demás las quieran y las acepten. Ese nunca fue mi problema, del todo. Mi mamá sí me enseñó a decir lo que pienso, de forma honesta, clara y directa (no se nota?), y a abogar por mí misma sin importar lo que dijeran de mí. Con su ayuda, porque nunca fue fácil, aprendí a ser indiferente a la opinión de mis pares y a sus críticas infundadas.

Pero me faltó alguien que me dijera que para ser una niña buena no era necesario complacer siempre a los adultos, especialmente a los de mi familia. Y aunque parezca una cosa menor, para mí no lo fue. Me costó años y mucho sufrimiento dejar de intentar ser una hija perfecta. Mi mamá dice que no fue su culpa y yo no puedo señalar en qué momento o circunstancia sucedían estas cosas como para refutarla. Pero algo tuvo que pasar para que yo me privara de hacer cosas (ir a fiestas, ir a paseos con amigos, ponerme cierta ropa que me gustaba, usar maquillaje) sin siquiera pedir permiso, asumiendo que la respuesta iba a ser que no. Algo tuvo que pasar para que yo fuera tan absolutamente obediente que tuve que llegar a la universidad para descubrir que había ciertas reglas que se podían negociar. Algo tuvo que pasar para que yo fuera tan asertiva con todos los que me rodeaban, menos con ella. Y ese algo no fue un fenómeno particular, sino social; muchas de mis amigas, algunas que ya conocía en ese entonces y otras que conocería después, pasaron por lo mismo. Y todas todavía luchamos con ello. Y algo me dice que este fenómeno tiene que ver con la forma en que nos educan como niñas, para luego ser mujeres obedientes y sumisas.

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“Sixth suggestion: Teach her to question language. Language is the repository of our prejudices, our beliefs, our assumptions”. Lo leo y siento ese vacío en el estómago que uno siente cuando mete la mano a la cartera y no encuentra el celular. Se me viene a la cabeza la palabra que encuentro más odiosa en el mundo: REPUTACIÓN. Me acuerdo de ese día en el aeropuerto cuando salíamos con todos los de mi curso, en el penúltimo año de colegio, a una excursión en el Amazonas. Yo había estrenado novio hacía poco, con todo y lo que eso implica a la pubertosa edad de 17 años. Cuando ya nos despedíamos de los papás, mi mamá me sacó a un lado para decirme que “cuide la reputación”, que me comporte, que las mamás de los otros pueden hablar de mí, porque era de las pocas que viajaba con novio (a muchas de las que también lo tenían sus papás les impidieron viajar precisamente por ese motivo ­­– y después díganme que el machismo de mierda no nos roba oportunidades a las mujeres).

Ahora entiendo mejor que en ese momento que mi mamá solo estaba respondiendo a las presiones sociales, que solo quería lo mejor para mí en medio de una sociedad en la que mi reputación estaría eterna y permanentemente en peligro de destrucción. Pero gracias a lo que aprendí de ella y también de otras cositas que había leído en los libros que desde muy temprano tuve a mi alcance, finalmente pude articular lo que pienso sobre la reputación: si esas señoras pensaban (y seguramente todavía piensan) que soy re-puta pues ya lo pensaban desde antes de yo montarme en ese avión. Y su pensamiento no es un reflejo de quien yo soy sino de sus propias mentes pervertidas, perversas y prejuiciosas.

Cierro el libro al terminar la décimo quinta sugerencia y pienso que yo añadiría una décimo sexta: que siempre haya espacio para la contradicción, para la incertidumbre, la indeterminación y la imperfección: en la mamá y en la hija. Que en esa indeterminación se construyan la una a la otra. Que esa incertidumbre sea el espacio para entender por fin que las mujeres no tenemos ni llegaremos jamás a ser perfectas. Que entendamos que, precisamente, ese impulso hacia la perfección es también un rezago del machismo. Y que salgamos al mundo como feministas convencidas, sin que nuestras contradicciones nos intimiden a nosotras mismas ni le den herramientas a otros para menoscabar nuestra lucha.