Cosas que me enseñó mi mamá sobre maternidad que no aparecen en los libros para madres primerizas

A propósito del Día de la Madre quiero agradecerle a mi mamá las lecciones (y verdades) que me ha dado sobre la maternidad. Y no, por favor, no se imaginen que mi mamá me ha enseñado a cambiar pañales, a cargar chinos sin desnucarlos o a afinar el sexto sentido que le permite a las mamás despertarse unas cuantas milésimas de segundo antes del primer berrido del bebé. Al contrario, con toda la honestidad del mundo mi mamá nos ha dicho, a mi hermano y a mi, que no hay peor época para una mamá que las vacaciones. Que los cursos de vacaciones cuando uno es chiquito no son para cultivar ningún talento ni aprender ningún deporte sino para salvar a las madres de la locura. Yo le creo y además me enorgullece que nos hable con la verdad, que a algunos les parecerá demasiado cruda y prefieran no enfrentar, pero que para mi no carga sino un mensaje esencial: es mentira que las mamás sean los seres más abnegados del planeta. Me corrijo. (Algunas) Sí son los seres más abnegados del planeta, pero no son y no tienen porqué ser absolutamente abnegadas. Con esto mi mamá me hizo entender que a pesar de lo que nos digan, a pesar de toda la publicidad de mamás besando nalgas blancuzcas y abullonaditas, y a pesar de que todavía haya hombres que se casan pensando que por diseño de fábrica todas las mujeres queremos tener hijos, las mujeres no debemos ser esos seres angelicales, complacientes y sacrificados que están ahí únicamente para cumplir lo que de ellas esperan (desafortunadamente y todavía) la familia, la sociedad, el país y no sé cuántos sujetos colectivos más.

Así que lo único y lo más importante que mi mamá me ha enseñado sobre maternidad es que ser mamá es y será siempre una opción. No es algo que toca, no es algo necesario en la vida y, muchísimo menos, es algo que me completará como mujer. Cuando digo que no quiero tener hijos creo que mi mamá es hasta ahora la única persona que no me ha mirado con condescendencia, que no me ha dicho “en unos años veremos” y que no ha creído que se trata de rebeldía adolescente, como si una decisión así me hiciera menos mujer, menos madura o incompleta como persona. Como si me hiciera falta tiempo para completarme y entonces una vez transcurrido ya estaré lista para lo inevitable. No. En este punto le agradezco por ser la primera en apoyarme cuando digo que para una mujer con hijos resulta imposible competir laboralmente con cualquier hombre, tenga él hijos o no, aunque esta sea una realidad que más de uno quiera negar.

Así y de mil otras maneras ella me enseñó que ser mamá es una opción, una de mil otras cosas que puedo ser y hacer con mi vida y que, por lo tanto, la maternidad es una decisión. Así es, señoras y señores, mi mamita les manda a decir que en mi cuerpo mando yo y, que por lo tanto, se puede estar acabando la humanidad pero siempre dependerá de mí y solo de mí decir que no quiero (o que sí quiero) tener un hijo. Y de ahí se desprende la que para mi es la más obvia, coherente y natural conclusión –pero que en este país de colegios del Opus Dei, universidades del Opus Dei e instituciones gubernamentales del Opus Dei, donde al primero que ponen a opinar en los noticieros sobre cuanta vaina ocurre es al Cardenal Nosequiensito y al Obispo Nosequemás– puede no ser tan clara para otros: que la maternidad no puede ser un castigo para nadie. Le agradezco entonces a mi mamá enseñarme todo lo necesario para que no haya cosa que yo aborrezca más en esta vida que el argumento de que una mujer debe llevar a término cualquier embarazo porque quién la manda.

Gracias, mami, por todo esto y por no reírte de mí en mi cara cuando en segundo de primaria te confesé con todo el dramatismo que me caracteriza que me habían pedido “el cuadre”.