Hombres (algunos y poquitos), ¡feliz día de la mujer!

Como estoy hastiada de la melosería absurda y sin sentido que desde que tengo memoria ha caracterizado al día de la mujer (sí esa de que la mujer es hermosa, siempre cariñosa y dulce… y de paso idealmente sumisa, débil e incapaz) este año decidí que este día es mío y por eso voy a hacer con él lo que me plazca. En lugar de dejárselo a los que, sin ninguna duda, van a seguir con el  día del clavel, el peluche y la chocolatina decidí que quiero compartirlo con algunos hombres, bastante más poquitos de los que me gustaría, pero que, sin embargo, en algunas ocasiones me han permitido soñar que las luchas por la igualdad de género (las que se celebran hoy pero a todos se nos olvidan) sí van para algún lado en lo que al género masculino respecta.

Si este día es para conmemorar las batallas que han dado los movimientos por la igualdad de género y para reflexionar sobre los obstáculos que aún nos impiden lograr ese ideal, entonces me pido hacer partícipes de esta celebración a algunos hombres que he conocido. Eso sí, debo reconocer que la enorme fortuna que tengo de haberme topado con este seres casi mitológicos (por lo escasos) se debe a que soy una mujer privilegiada en todos los sentidos: crecí en una familia que pudo darme una educación de primera, tuve el lujo de educarme junto a hombres y mujeres cuyos padres y madres pudieron ir a la universidad, crecí y yo misma pude ir a una universidad en que los profesores y profesoras (no todos pero, en mi carrera , la mayoría) tenían alguna sensibilidad por la idea de la igualdad, y así sucesivamente. Todo esto para hacer énfasis en que, en general, en la vida de las mujeres menos privilegiadas que yo estos hombres no asoman ni por equivocación y a la vez para recalcar que los hombres que protagonizan este texto, como las brujas, pocos los han visto pero de que los hay los hay.

Así las cosas, comienzo por felicitar en el día de la mujer al hermano que le responde al amigo que le pide permiso para caerle a la hermana: “Parce, ¿usted en qué año cree que estamos? Pregúntele a ella, que yo soy dueño de mi vida y ella de la suya.”

Medalla de oro para el tío adolescente que le explica a su sobrino de cuatro años que es mentira eso de que el azul es para niños y el rosado para niñas, que si acaso él no se ha dado cuenta que su tío favorito todos los domingos usa camisa rosada simplemente porque le gusta y porque todos los colores son para todas las personas. Y por ese mismo camino, un premio igual para el primo mayor que le muestra los videos de Yoreli Rincón y Nicole Regnier a su primito que asegura que las niñas no saben jugar fútbol “pues porque son niñas”.

Reconocimiento especial para el compañero de oficina que se cuestiona por qué a su compañera le dicen que tan mandona, tan malgeniada y le preguntan que si tiene la regla por hacer o decir lo mismo que él hizo o dijo ayer y gracias a lo cual lo felicitaron por su franqueza y capacidad de liderazgo. Puntos extra por hacérselo notar a sus compañeros y ganaría el fuera de concurso si hubiera sido capaz de mencionárselo al jefe.

Puede celebrar este día como propio el amigo que detiene el chiste machista en su grupo de WhatsApp diciéndole a sus amigos que si no se dan cuenta que “por eso es que hay manes que creen que le pueden pegar a la mujer, o usted Ramirez, dese cuenta que por cosas como estas es que a su mamá le toca tan jodido como jefa en la oficina”.

Mención de honor para el novio que deja a su novia ser como ella es y decir lo que a ella le parece sin importar con quien estén, así él no siempre esté de acuerdo. Particular reconocimiento a su capacidad para dialogar con ella, expresar su disidencia y darle a conocer su punto de vista sin manxplicar, es decir, sin sentir que por el solo hecho de ser hombre él ya de entrada tiene la razón y sabe más que ella. En ese mismo sentido, si me permiten la acotación: tomates para el novio al que le da vergüenza que su novia siempre tenga algo que decir, al que le da pavor que ella exprese una opinión que a sus amigotes de pronto no les caiga bien y entonces le parezca de lo más chevre apretarle la mano o empujarle la pierna debajo de la mesa cuando crea que ella se “está pasando de la raya” (esa raya que en su infinito poder de macho él decidió dónde pintar).

Y, finalmente, declarado fuera de concurso ese hombre que públicamente se declara feminista, sabe lo que eso significa y actúa en consecuencia.

Una reflexión final: cuando éramos chiquitos mi mamá siempre nos decía a mi hermano y a mi que a uno no tienen porqué felicitarlo por hacer lo mínimo que le corresponde, que nadie nos iba a aplaudir por cumplir con lo que nos tocaba hacer (o sea, obedecer y sacar buenas notas, razón por la cual nunca hubo premios a final de año y gracias a lo cual entendimos que uno cumple con sus obligaciones por uno mismo, por lo que uno quiere para su vida y no por los papás). Las situaciones que acabo de describir me parecen eso, lo mínimo que podemos pedirle a los hombres (sobre todo a los hombres jóvenes, educados y cultos junto a los que yo crecí) en este momento de la historia. Y, sin embargo, poco lo vemos porque el machismo en el que crecemos nos condiciona a todos y en especial a ellos. Creo que muy pero muy pocos pueden decir que consistentemente son ese hermano, ese tío, ese primo, ese compañero, ese amigo Y ese novio (y aprovecho para aclarar que si usted es uno de ellos pero le tiene un “pero” a cualquiera de los otros entonces este día NO es para usted, no se los comparto). Por eso, mientras las hombres sigan creciendo en un entorno y una cultura que denigra a la mujer, desdibujo un poco mis convicciones para decirles que lo que hacen lo notamos y reconocemos  y para insistir en que será ideal el día en que ya no lo notemos porque será la norma y no la excepción.