El bobo más vivo

Frente a la Victoria del “No”mi primera reacción fue de rabia contra mí misma y contra todos los que nos habíamos pasado las cuatro semanas previas al plebiscito defendiendo los acuerdos, completando las verdades a medias y desmintiendo las mentiras completas de algunas campañas. “Qué idiotas!”, pensé, “¿porqué caímos en el juego retórico de los del “no”? ¿Porqué nos dejamos reduir a una posición de defensa? ¿Porqué nunca entramos a cuestionar las consecuencias si ganaba el no? Solo hasta que vi ese 50.21% en la pantalla de mi computador fue que finalmente me di cuenta de la enorme incertidumbre en la que nos sumió esa decisión y en el error tan grande que había sido nunca cuestionar esas consecuencias con la misma vehemencia con la que los detractores del Acuerdo cuestionaron su contenido.

Quedamos a merced de lo que decida la guerrilla. Esta incertidumbre nos va a traer caos económico, político y social. Hemos legitimado la violencia guerrillera frente a la comunidad internacional cuando les negamos la posibilidad de reintegrarse a la vida democrática dejándoles, una vez más, únicamente la vía de las armas. “¿Cómo no se me ocurrió todo esto antes?”, pensaba y comentaba frenéticamente con algunos amigos en Facebook y WhatsApp. Algunos, menos tremendistas, me mostraban un panorama un poco menos caótico. Aunque todavía nada está dicho, todo parece indicar que el escenario catastrófico que me imaginé era (parcialmente) equivocado. Y nadie se alegra de eso más que yo.

A las pocas horas empezaron a materializarse las consecuencias inmediatas del resultado del plebiscito: las FARC confirmaron su intención de permanecer en la mesa de negociación, Santos reafirmó su compromiso con la paz negociada a pesar del resultado, se mantiene el cese bilateral del fuego y Uribe y sus secuaces salieron con un chorro de babas. Las burlas y los reclamos por semejante papelón de los líderes del “no” no se hicieron esperar. Muchos han dicho que ni siquiera los propios promotores de esa corriente esperaban una victoria y que por eso no sabían cómo responder.  Yo estuve tentada a pensar lo mismo hasta que me di cuenta que subestimar a Uribe y su combo fue el primer y máximo error que cometimos.

A nadie le conviene más que a Uribe y compañía que pensemos que todo lo que hacen es una babosada, guiada por un afán de protagonismo y unas ansias de poder. Por supuesto que ese afán de protagonismo y esas ansias maquiavélicas de poder están ahí pero las pretensiones de estos líderes son mucho, mucho mayores que eso.

Uribe, Cabal, Valencia, Ordoñez y tantos otros como ellos saben mejor que nadie que el miedo y el odio son silenciosos. No estallan en aplausos ni se felicitan con palmaditas en la espalda porque no es necesario. El miedo y el odio se miran de una esquina a la otra del salón y, en silencio, se regocijan en su mutua presencia. El miedo y el odio han sido una de las principales ruedas del engranaje que ha puesto a estos señores y señoras en el poder. (Y, ojo, que no creo que todas las personas que apoyaron el no estén llenas de miedo y de odio, solo creo que están muy mal representadas por una gente que sí explotó el miedo y el odio de una buena parte de los colombianos). Por eso no me creo ni por un segundo que no se esperaran su propia victoria. Si nos han ido dando sus “propuestas” a cuenta gotas es porque así es como mejor les funciona, para saber hasta dónde pueden engañarnos, cuánto estamos dispuestos a ceder y por dónde pueden explotar, ya no el miedo, sino la esperanza de paz. 

El acuerdo Santos-Timochenko se está utilizando como instrumento para imponer la ideología de género como norma constitucional y de esa manera dar un golpe mortal a la familia colombiana.
— Alejandro Ordoñez en entrevista con la Revista Semana

Por eso no es suficiente con regodearnos en la burla de que lo único que están proponiendo es lo mismo que ya había, pero del mismo modo en el sentido contrario. Lo de Uribe y sus amigos no es solo vanidad. Y ya se empiezan a notar por dónde va la cosa. La amnistía para los guerrilleros enmascara la intención de seguir cubriendo las atrocidades que cometieron algunos miembros del ejército aprovechándose del poder que les daba portar ese uniforme. Y aunque con esto van más despacito, ya advirtieron que lo que les cayó mal fue el enfoque de género, ese que permitió que el Acuerdo reconociera a las mujeres y a la comunidad LGBTI como víctimas que merecen particular atención y reconocimiento y que los delitos sexuales constituyen una ofensa especialmente atroz.

Uribe y sus amigos no son bobos. Y hacernos creer que lo son, permitir que los subestimemos es, quizá, su mayor viveza.