La guerra, la paz y la imaginación


Francamente, no sé qué pensar de ese afán silenciador que ha acompañado las noticias sobre el cese al fuego. Perdí la cuenta de la cantidad de comentarios que he leído en redes sociales en los que unos exhortan a otros a no opinar al respecto del proceso de paz porque no son víctimas. Están los detractores, los que lo acusan de ser un proceso que llevará a la impunidad y que, entonces, nos acusan de que "es muy fácil decir esto o aquello, vivir una fantasía, cuando tu y tu familia no han sido víctimas". Pero de este lado, entre quienes nos permitimos creer que este inicio de la paz es mejor que la continuación del conflicto a pesar de la imperfección de las negociaciones, tampoco estamos mejor y hemos jugado exactamente con el mismo argumento: "es muy fácil ser enemigo de la paz desde la comodidad de tu apartamento, detrás de la pantalla del computador, cuando tu no has puesto los muertos".


Yo creo que ese impulso por callar al otro y a la vez callarnos a nosotros mismos, esa furia que nos nubla la cabeza cuando el otro representa todo lo que se nos opone, ese sentimiento de "yo estoy bien y tu estás mal y punto" es la prueba fehaciente de que todos somos víctimas de un conflicto omnipresente que nos despojó desde niños de la capacidad de imaginar.
Yo no sé ustedes, pero yo crecí en un mundo de buenos contra malos. Nosotros los buenos y ellos los malos. Y en un mundo así no hay imaginación porque si todos los buenos son como yo y todos los malos están mal, no hace falta nunca intentar imaginar la vida del otro, la posición del otro, los motivos del otro, la vida del otro.


Aunque me avergüenza admitirlo, ya había celebrado los 15 años cuando empecé a entender, por ejemplo, que además de la guerrilla había paramilitares y que los segundos, de una u otra forma, habían sido parte del bando de los que a mi me habían enseñado que eran los buenos. Ya terminando la adolescencia descubrí horrorizada que había militares, esos que nos protegían a nosotros "los buenos", que habían masacrado, violado y desplazado a un sinnúmero de civiles inocentes. Por la misma época empecé a familiarizarme con términos como "reclutamiento forzado" y "reclutamiento de menores" que poco a poco comprendí que no era otra cosa que la vida que vivían miles de niños, mucho más jóvenes que yo, que entraban a la guerrilla obligados por el miedo o por el hambre. Sin las herramientas para comprender tanta contradicción, llegado el momento de los falsos positivos asumí, como muchos otros (como esos que hoy dicen que si no hemos sido víctimas no tenemos ni idea o que si no hemos puesto los muertos entonces mejor dejar todo fluir), que eso no era conmigo. Lo dejé de ese tamaño y que las madres de Soacha vieran qué hacían por sus hijos mientras de la Autopista Sur para acá elegíamos de Presidente al Ministro de Defensa bajo cuyas narices ocurrieron estas atrocidades.


Mi vida ha estado llena no solo de oportunidades sino de auténticos lujos. Y, sin embargo, ni mi colegio internacional, ni mis amigos bilingües, ni los adultos que me rodeaban (casi todos profesionales, muchos de ellos figuras de la vida pública en Colombia) me habían ofrecido hasta entonces el lujo de la imaginación. No los culpo. Ellos también fueron despojados de la capacidad de imaginar la vida de aquellos que no vivían la vida que, en medio de la guerra, 'nosotros' queríamos proteger (la vida de la ciudad, la que no es en el monte, la que es ordenada y civilizada). Y, por eso, no pudieron imaginar la necesidad de enseñarnos no solo la historia (que si Jorge Eliécer Gaitán, que el 9 de abril, que de 1948) sino las motivaciones, las intenciones, las ilusiones de unos y de otros, el pasado detrás de ese pasado y, sobre todo, el sistema que llevó a todo ello.


Es verdad. En mi familia nunca hubo secuestros, no tuve fincas "allanadas" por la guerrilla ni por los 'paras', mis papás trabajaban en Bogotá y jamás tuvieron que pagar una extorsión para que su empresa pudiera funcionar. Ni mis primos, ni mi hermano, ni uno solo de mis compañeros de colegio tuvo que prestar servicio militar. Y, es cierto, las atrocidades de la guerra, las balas, la muerte, las vi en televisión. Pero no es menos cierto que la televisión, la prensa escrita y, de manera más notoria e importante aún, el computador que me permitía asistir a la guerra en la distancia, han sido la principal herramienta para empezar a recuperar la capacidad de imaginar que nunca tuve.


Fue leyendo y cliqueando mucho, muchísimo, que me di cuenta que había una realidad que no conocía, que jamás voy a poder conocer, pero que puedo darme el lujo de imaginar. Y digo lujo porque somos muy pocos los colombianos que no solo tenemos el acceso a la información sino el tiempo y la tranquilidad, la formación y la educación, para reflexionar y digerir el contenido hasta poder imaginar más allá del prejuicio con el que crecimos.


Pero con mucho acceso a redes sociales, a periódicos, a foros, a blogs y a cuanta información podemos consultar, los obstáculos a la imaginación siguen ahí, casi intactos. Y yo creo que de ahí nos viene es impulso de decirle al otro que se calle, de ahí esa ceguera de pensar que el otro no sabe nada, que no entiende.


Los privilegiados, los que vimos la guerra por televisión, los que a pesar de vivir algunas de las consecuencias del conflicto (la extorsión de la guerrilla a empresa familiar, por ejemplo) pero que no pusieron los muertos, los que me leen, tenemos las herramientas de la imaginación que nos ha sido negada aquí, literalmente, en la punta de los dedos. Los que hablan de impunidad, esos que sienten este cese al fuego como una derrota a lo mejor lo que les falta es imaginar esta guerra como algo más allá de un enfrentamiento entre los buenos, que deben ser vengados, y los malos, que deben ser castigados hasta el punto de la eliminación. A los que ya dimos ese paso nos hace falta poder no solo imaginar sino validar ese sentimiento de frustración, de injusticia, de impotencia y pensar qué hacer con todo eso, cómo transformarlo, como negociar nuestra esperanza con la desesperanza de esos otros. Viéndolo bien, la mitad entre el negativismo absoluto de unos y el optimismo a veces inocente de otros es un escepticismo sano que, desde nuestro cibernético privilegio, nos permite intervenir como auténticos veedores ciudadanos de un proceso que, con el cese al fuego bilateral, apenas comienza.