De Señoras Universo y Señoritas Tanguita

Nunca supe cuándo ocurrió pero viene pasando desde hace algún tiempo. Cada vez con más frecuencia me llaman “señora”: “siga, señora”, “¿para qué apartamento va la señora?”, “Disculpe, señora, ¿la consignación es para la cuenta de ahorros o paga la tarjeta de crédito?”. No lo puedo evitar, hay algo en mí que se ofende cada vez que escucho esa palabra. No porque me digan señora sino porque no me cabe en la cabeza quién fue el desgraciado que se inventó que a las mujeres nos podían decir o bien señoras o bien señoritas. Los hombres son siempre señores, aunque la palabra señorito existe y sale con frecuencia en los libros del siglo XIX. 

¿Cuál es entonces la necesidad de diferenciar a las señoras de las señoritas? Tengo el vago recuerdo de haberlo preguntado alguna vez en la infancia. Y recuerdo en blanco y negro, como me sucede con los recuerdos muy lejanos, que alguien me explicó que señoras son las casadas y señoritas las solteras. Con el tiempo entendí que, dada esta referencia histórica (y, bien histórica, ya ustedes sabrán porqué), lo que se está poniendo en duda hoy en día es mi virginidad. En efecto, señoritas son las vírgenes, señoras y señores.

Hoy, día en que Colombia celebra el triunfo de nuestra Señorita Colombia, elegida anoche como Miss Universo, me meto en la polémica del momento sobre la necesidad de darle o no mucha importancia a un reinado de belleza. Comienzo por señalar lo obvio. Lo que se elige en un reinado, sea el de la panela, la chirimoya, el borojó o el del universo, es a una “Señorita”. Es decir, una mujer que se ve pero, sobre todo, que se comporta bajo unos parámetros muy determinados de la tradición, las buenas costumbres y lo que se conoce como las buenas maneras. Una virgen (o por lo menos una mujer que lo parece. No por nada está prohibido participar en estos concursos si, por ejemplo, uno ha posado en ropa interior) con todo el potencial para convertirse en una esposa (señora) ejemplar, linda, elegante, bien vestida, sonriente, servicial. Y si no me creen, miren por las que tuvo que pasar Paulina antes de ser elegida. Concursos de cocina (porque, en nuestros días, ¿qué señorita puede aspirar a señora sin saber cocinar? Pero tranquilos que ella tenía a una negrita colombiana de asistente en esos momentos y pudo asegurarse el tercer lugar), premios al glamour y a la etiqueta, sesiones interminables de preparación para preguntas ridículas y sin tener la posibilidad de contestar: “Buenas noches para todos. Bueno, pues esta es una pregunta sin sentido, no hay absolutamente nada que los hombres sepan exclusivamente o por el simple hecho de ser hombres.” Porque a una peladita desobediente que conteste eso no le dan ni una corona de espinas. No así una que no conteste lo que se le pregunta, por supuesto.

Confieso que a Paulina Vega Dieppa la sigo en Instagram desde que la eligieron, más de una tarde de pereza mientras me terminaba de comer todo lo que había en la alacena de mi casa miraba y miraba sus fotos haciendo un análisis de los avances de su abdomen perfecto. Pero a la vez debo confesar también que desde hace un par de años cada vez me incomoda más la idea de las reinas de belleza. Me da un nosequé por dentro pensar que todas, desde la Reina Departamental de la de la Hoja de Plátano hasta la Señorita Colombia, suspenden sus vidas - sus estudios o su trabajo - por un año entero. Si te eligen Miss Universo, ese año se vuelven dos. Cuando me dicen que ese es el sueño de toda una vida, que “todas las niñas sueñan con ser Miss Universo”, que eso abre puertas (para ser presentadora de televisión o modelo), que Paulina se estaba preparando para esto desde los nueve años, ahí la incomodidad se me vuelve agobio.

Veo cuánto de todo esto tiene que ver con el concurso de Miss Tanguita, ese que hace como una semana se robó la atención en Twitter cuando la directora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar consideró que tener niñas de entre 5 y 10 años desfilando en vestido de baño es una violación de los derechos de los niños, mientras la alcaldesa de la población donde se organiza este evento lo defendió como una tradición cultural. La prohibición de estos concursos infantiles se me convirtió en el dilema moral del momento. Por un lado, efectivamente me incomoda la idea de un certamen que desde su mismo nombre incluye la cosificación del cuerpo de las niñas y el morbo. Por otro lado, no porque algo me parezca una porquería a la que nunca quisiera que se someta, por ejemplo, a mi primita, significa que se deba prohibir una actividad a la que tanto padres como niñas eligen entrar voluntariamente.

Siempre he defendido el derecho a elegir y lo he defendido con particular fuerza cuando se trata de la elección de una mujer. Creo firmemente que una mujer tiene que tener la posibilidad de elegir todo lo que quiera (o de rechazar lo que no quiera) para ella misma, para su vida, para cumplir sus proyectos y metas y sueños (cosa que en nuestro país, aunque muchos no lo quieran aceptar, no ocurre con mucha frecuencia). Una mujer debe poder elegir si quiere ser la profesional más destacada en su área, o si quiere ser exclusivamente madre y ama de casa, si quiere ser Reina de Belleza o del Carnaval de Barranquilla o si quiere dedicarse a la prostitución.Y esa decisión es respetable, loable y sobre todo muy defendible, siempre y cuando sea eso: una opción que se toma entre muchas, con pleno conocimiento de todas las consecuencias, sin presiones de ningún tipo, sin juicios ni prejuicios que la persigan, con todas las herramientas posibles para que esa decisión sea efectivamente lo que ella quiere para su vida. Y, ese es mi problema con las Miss Tanguita y las Miss Universo. En un país en que la elección de la mujer más bella de Colombia ocupa la plancha estelar de los dos canales nacionales y las portadas de todos los periódicos y revistas, no estoy tan segura de que todas ellas y sus familias sepan que una mujer puede ser algo más que “señorita” (virgen, alegre pero discreta, hermosa, elegante, una modelo, presentadora y esposa en potencia) o “señora” (ahí sí una esposa, ya no virgen pero siempre discreta y servicial).  No estoy muy segura de que las reinas y reinitas y sus familias elijan esto con plena convicción, y no solo porque no se les ocurren otras opciones para que las mujeres lleguen a las portadas de nuestros medios o, porque no, para que, sin salir en las portadas, puedan alcanzar la plena realización de sus proyectos de vida.

Preguntas de reina: ¿A qué científica colombiana admira y porqué? ¿A qué escritora colombiana admira y porqué? ¿A qué abogada,economista, arquitecta, diseñadora, administradora, empresaria colombiana admira y porqué? (Y no, no valen reinas de belleza que hayan estudiado diseño o administración, porque no es lo mismo. Difícil contestar en un país en que estas mujeres no salen pero ni en las páginas de chismes. Cuando una mujer elige dedicarse a cultivar su belleza para ser reina y después modelo o presentadora, que sea porque a ciencia y paciencia decidió que ninguna de las otras opciones era lo que quería para su vida, aún sabiendo que en cualquiera podía alcanzar el éxito. Cuando una niña de 9 años elija someterse a un certamen de belleza, que sea porque tanto ella como sus padres saben que también puede llegar a la cima si participa en la feria de ciencias, el concurso de poesía, el club de debate o el festival de canto.