Nuevas masculinidades, viejos machismos

Hace poco hablaba con un tipo sobre su descubrimiento de las nuevas (y mejores) masculinidades. Ese es el término con que el feminismo y sus aliados han denominado al hecho de descubrir, como el personaje de esta historia, que es más chevre ser un hombre que cree en la verdadera igualdad de género y con ello llegar a la convicción, en palabras y obras, de que el modelo de hombría con que hemos crecido – el del macho fuerte, proveedor, racional y por ello superior a la mujer y dado al mundo del intelecto y el trabajo (por oposición al mundo del hogar y la familia) – le hace tanto daño a los hombres como a las mujeres. En pocas palabras, nuevas masculinidades implica que los hombres por fin se den cuenta de que de todas las formas de existir como hombre en el mundo la del mero macho, que por desgracia es la más común, es la peor. Las nuevas masculinidades demuestran que es totalmente masculino el hombre que siente, habla de sus sentimientos y llora, el papá que se queda en la casa cuidando a los hijos o que reclama en el trabajo una licencia de paternidad en condiciones iguales a la de maternidad, o el individuo que no se siente amenazado por la creciente presencia de las mujeres en territorios que hasta ahora les estaban prohibidos, por ejemplo.

Pero vuelvo al personaje con el que empecé: este sujeto me hacía un largo relato sobre su estudio y aplicación del feminismo en su vida y de la fuerza transformadora que esta nueva forma de pensar y actuar ha tenido sobre su vida. Yo feliz por él, uno más que llega al camino de la iluminación. Pero cuando ya estábamos bordeando el mansplaining, (ya saben, cuando un hombre le explica a una mujer algo que ella sabe de sobra y mejor que él porque está acostumbrado a ser el centro del mundo que lo rodea y pues, qué le hacemos, le pasa hasta al mejor de ellos) le pregunté si había considerado hasta qué punto las mujeres podemos y debemos tener un rol protagónico en la definición de lo que deben ser y a dónde deben ir esas nuevas masculinidades y el rol que queremos que asuman los hombres en el movimiento feminista. Di en el blanco. El man se acomodó en su silla, incómodo. ¿Las mujeres entrando a definir qué es la masculinidad? ¿Las mujeres influenciando las actitudes sobre el deber ser de los hombres? Eso ya no le sonó tan chevre. “Uy no sé…”, me dijo y todo ese ímpetu con el que me había explicado su llegada al mundo de los iluminados se apagó un poquito, como una vela cuando se está acabando de consumir.

Así me ha pasado con él y con otros que han querido impresionarme con su nivel de ilustración feminista. Y no me malinterpreten, la mayoría de veces sí me impresiona. (Y a los machistas que les arde que sus amigos feministas tengan club de fans y levanten con eso pues sepan que no hay nada más sexy que un hombre replanteándose roles de género y gritándolo a los cuatro vientos). Pero también creo que si vamos a seguir creciendo juntos en esto, es hora de que alguien deje de aplaudirlos por haber llegado a lo mínimo que necesitamos.

Los hombres feministas y su exploración de las nuevas masculinidades son evidencia de que hemos avanzado... pero también la prueba de todo lo que nos falta y, sobre todo, la advertencia de que no podemos dar un paso adelante y después tres atrás.

Mientras se apropian de las nuevas masculinidades que tienen a su alcance, muchos hombres aliados del feminismo tienden a recaer en comportamientos machistas y reproducir el silenciamiento que las mujeres hemos padecido desde que el mundo es mundo. Como el man de esta historia agridulce, les duele que las mujeres entremos a determinar los nuevos roles que queremos y necesitamos que los hombres asuman, sin darse cuenta que determinar los roles de las mujeres en la sociedad es una prerrogativa que los de su género se adjudican todos los días. O empiezan a aparecer en radio, en televisión o en escenarios académicos, paneles y discusiones sobre nuevas masculinidades en que no hablan ni participan mujeres. O se acostumbran a acumular felicitaciones excesivas por cosas por las que a las mujeres no nos dan ni las gracias, o incluso por las que recibimos insultos, sin usar su privilegio para iniciar reflexiones al respecto.

Cuando hablamos de nuevas masculinidades hablamos de los cambios que queremos que tenga nuestra sociedad. Y como miembros activos, racionales e iguales en capacidad, las mujeres tenemos que poder entrar a esa conversación y ocupar el espacio protagónico que nos corresponde. Especialmente cuando históricamente los hombres han tenido la posibilidad de definir a su conveniencia sus propios roles, casi siempre en detrimento de la mujer y le han impuesto a ella todos los roles que hoy nos impiden ser tan libres, felices y autónomas como nos merecemos ser.

Y es muy necesario que al hablar de feminismo y nuevas masculinidades nuestros aliados reconozcan siempre el hecho de que todo este camino de iluminación empieza por y proviene de la mujer, y que sean muy explícitos al respecto. Su recién adquirida libertad (porque eso es lo que gana un hombre que por fin entiende para qué le sirve el feminismo) se la deben a las mujeres que escribieron y escriben sobre feminismo, que lucharon y luchan en todos los ámbitos de la sociedad y hasta a la amiga, novia, hermana, prima, etc. que a fuerza de cantaleta, lecturas recomendadas y de ponerse en la línea de fuego les abrió los ojos. Valerse de todo ese esfuerzo mental y físico de todas las mujeres feministas –las actuales y las históricas, las de la vida pública y las de su familia y círculo de amigos y hasta de las que lo fueron sin saberlo – para avanzar sus intereses y los de sus congéneres sin reconocerlo y sin darle voz a las mujeres que los precedieron y a las que los acompañan, es lo mismo que hace el cafre que repite las ideas de su compañeras de trabajo y se apropia de ellas sin darles crédito, aprovechando que, en su machismo, el jefe no le pone atención a ellas. Pilas ahí, queridos.