Hoy desde París, mañana desde cualquier lugar del mundo

Mi amiga Daniela y yo estamos separadas por casi 4,000 kilómetros de distancia.

“Dani, vi lo de los incidentes en París. Espero que tu hermano, su novia y todos sus amigos estén bien”, le escribí por WhatsApp. En menos de 10 segundos recibí su respuesta: “Los tórtolos ya se reportaron y están bien. Gracias por estar pendiente”. Luego, me tomó más tiempo a mí hacer la lista de otros amigos y conocidos que viven en la capital francesa que a mi celular, a través de Facebook, informarme que todos ellos se habían reportado ‘a salvo’. Desde ese mismo aparato, mientras me desplazaba en bus, consulté las noticias más recientes y un mapa que me mostraba que uno de los restaurantes donde se presentaron los tiroteos queda a poca distancia del apartamento en que viví por 6 meses hace ya varios años.

Solo hasta la mañana del sábado supe que Beirut también había sido víctima de ataques terroristas por parte del mismo grupo extremista el jueves, gracias a los cientos de personas que reclamaban en redes sociales que no debe dolernos solo el dolor de los parisinos sino el de todas las personas.

Por cuestiones que no obedecen a ninguna razón lógica, tengo una conexión mayor con lo sucedido en Francia que con lo que sucede en el Líbano. Por razones que escapan a mi control, me afectan de manera más directa los ataques del viernes que aquellos que ocurrieron, sin que yo me enterara, el jueves. Y, sin embargo, ese sentimiento de cercanía no hace más que recordarme que todas las vidas humanas tienen un valor incalculable. Que la muerte de un inocente donde quiera que ocurra es una pérdida para toda la humanidad. No tiene sentido, entonces, indignarnos por la indignación que otros expresan. No tiene justificación alguna aprovechar el dolor de otros para hacer política, para acusarnos mutuamente de que no nos duelen los que sufren en nuestro propio país. Cuando vemos el enorme daño que hace el que existan personas iracundas por creer que su moralidad vale más que la de otros, ese ejercicio de superioridad moral es una estupidez que nos quita la posibilidad de expresar sentimientos verdaderamente humanos y solidarios.

Y es que, en plena era de las comunicaciones, una expresión de solidaridad o la expresión máxima de la estupidez humana (o no, Maria Fernanda Cabal?) pueden viajar cientos de miles de kilómetros de distancia. Del mismo modo, los prejuicios que alimentan el odio irracional frente a personas que no conocemos y la ignorancia que nos impide reconocer al que no es como nosotros como igualmente humano y digno, se propagan y crecen con la misma rapidez con la que una metralleta permite el exterminio y la carnicería en un teatro en plena ciudad de las luces.

Con la misma facilidad con la que es posible contactar a nuestros amigos que viven al otro lado del mundo, en el tiempo que nos gastamos enfrascados en discusiones inútiles sobre si debemos o no indignarnos por los asesinatos perpetrados en París cuando vivimos en un país en guerra, podemos usar la tecnología para aprender, por ejemplo, que árabe no es lo mismo que musulmán y, sobretodo, que musulmán no es lo mismo que terrorista. Podemos enterarnos que el inmigrante no llega a Europa con la intención de dañar a nadie, sino huyendo de la misma violencia sin medida que ayer alcanzó a la capital de ese continente. Encontraríamos la respuesta a porqué, a pesar de autodenominarse Estado Islámico, el grupo que cometió estas atrocidades no tiene absolutamente nada de islámico y sí todo extremista y de fanático. Entenderíamos de una vez por todas que, al contrario de lo que muchos piensan, el Islam NO es una religión que promueve la violencia. Nos daríamos cuenta de que quienes más sufren a manos de aquellos que han tergiversado el mensaje de la religión islámica son los musulmanes mismos, porque mueren a manos de los fanáticos y mueren – inocentes– en medio de la guerra que Occidente le declara al terrorismo.