Somos sapos cocidos a fuego lento

Hablar del 11 de septiembre es prácticamente imposible. No hay absolutamente nada que alguien como yo, que solo vivió esta tragedia como espectadora y sobre todo como niña (tenía 10 años el 11 de septiembre de 2001) –incapaz de comprender la naturaleza y la magnitud de esos hechos en su momento– pueda decir sin caer en la simplificación, la afectación y hasta la ofensa. 

Lo que sí es posible es hablar de lo que el 11 de septiembre nos enseña. 

Debo confesar que solo hasta este año, 13 años después de la tragedia, logré comprender una fracción de lo que fue esa experiencia para quienes la vivieron directamente y para los estadounidenses en general. Visité el 9/11 Memorial and Museum hace poco. Hoy tuve mis redes sociales llenas de videos con testimonios de ese día. Y entre lo que veo en uno y otro lugar (el museo, las redes sociales y la web) hay siempre un común denominador: las historias de solidaridad, de unión y mil y un variaciones del concepto de renunciar a sí mismo para ayudar a otros que sufren. Muchos, la mayoría, dicen que no se trató de algo extraordinario o heroico sino de algo inherente a su naturaleza humana.

Tristemente, debo admitirme a mí misma que en el país en el que vivo y que amo no es tan fácil observar estos comportamientos. Y entonces, mientras veía este video: Boatlift, an Untold Tale of 9/11 resilience, recordé una teoría que alguien muy especial para mí me compartió hace no mucho tiempo. Una cosa que se llama algo así como “La teoría del sapo cocinado” (The Boiling Frog, en inglés). Según este concepto, un sapo no permitirá que lo cocinen vivo mientras se lo arroje al agua hirviendo pues inmediatamente saltará fuera. Sin embargo, si se sumerge al sapo en agua fría y se va calentando lentamente, el sapo permanecerá plácido, hasta que ya sea muy tarde para salvar su vida. Me pregunto entonces si los gringos no son como el primer sapo y nosotros como el segundo. 

Ciertamente, nos han venido subiendo la temperatura durante más de 60 años de conflicto armado al punto en que se nos olvidó que debemos saltar fuera y nos estamos hundiendo entre unos y otros porque cada uno intenta saltar individualmente, convencido de que su forma de saltar es la mejor forma de saltar. Y saltar solitos ya no es una posibilidad. Nunca lo fue.