Amigas,

Me sonó el celular dos veces casi simultáneamente. Dos sonidos sucesivos del ringtone que le corresponde a cada una en mi celular, el que puse para responderles a ellas cuando no estoy para el mundo en general. Una me escribe que le ayude a buscar un curso de algo, que ya no le emociona su trabajo y se quiere ir, del trabajo y del país. Cambio a la otra conversación y déjà vu: “quiero renunciar e irme a viajar”. Las dos trabajan en el que alguna vez fue un trabajo soñado.

No son las únicas. Unas a punto de graduarnos de nuestra maestría de los sueños, otras con trabajo en envidiables compañías multinacionales, unas ganando mucho más de lo que pensaban que se podía a esta edad, otras ganando mucho menos de lo que se merecen pero haciendo el trabajo que siempre quisieron. Algunas ni lo uno ni lo otro pero con la tranquilidad de haberse graduado de la carrera que amamos, y no de la que nos dijeron que abría más puertas en la vida. Las que están en el país quieren salir corriendo mientras mi primera amiga de la vida quería quedarse en Colombia y la vida se la trajo para USA. Ya hay un par casadas con los amores de su vida. Y todas en crisis. Ninguna sabe lo que quiere ni está donde quiere estar.

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Prohibiciones para los cuerpos jóvenes, traumas de las mentes adultas

Cuando leí el primer titular que decía que el Procurador quiere prohibir las muestras “excesivas” de afecto en los colegios lo primero que se me vino a la cabeza fue un recuerdo de mi adolescencia. Yo estaba con mi novio de ese entonces, teníamos como 18 años. Estábamos haciendo fila para comprar helado y cuando él me dijo que me invitaba me empiné, lo abracé y le dí un beso en la boca. Una señora, que en ese momento me pareció que tenía como 70 años pero que, teniendo en cuenta que a esa edad a uno los de 30 le parecen viejos, a lo mejor tenía unos 55, nos dijo “Eso está prohibido. Acá hay niños”.

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Cosas que me enseñó mi mamá sobre maternidad que no aparecen en los libros para madres primerizas

A propósito del día de la madre quiero agradecerle a mi mamá las lecciones (y verdades) que me ha dado sobre la maternidad. Y no, por favor, no se imaginen que mi mamá me ha enseñado a cambiar pañales, a cargar chinos sin desnucarlos o a afinar el sexto sentido que le permite a las mamás despertarse unas cuantas milésimas de segundo antes del primer berrido del bebé. Al contrario, con toda la honestidad del mundo mi mamá nos ha dicho, a mi hermano y a mi, que no hay peor época para una mamá que las vacaciones. Que los cursos de vacaciones cuando uno es chiquito no son para cultivar ningún talento ni aprender ningún deporte sino para salvar a las madres de la locura.

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Una teoría sobre "La teoría del todo"

Tengo una teoría sobre La teoría del todo (The Theory of Everything), la película que nos cuenta la historia de amor entre Stephen Hawking y su primera esposa Jane. Mi teoría es que esta película efectivamente descubre o al menos nos cuenta una teoría sobre cuando alguien lo entrega todo. Por amor. Como Jane. Y como Jonathan, el segundo esposo de Jane.

 

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El legítimo derecho a la tristeza y a la desubicación

Yo, abogada de las causa perdidas, vengo hoy a interceder por el legítimo e inalienable derecho al desubique. Sí, ese que se siente cuando uno no sabe cómo lidiar con su vida, con el futuro que nos prometieron en la infancia y que de repente se volvió el presente. Consentida, mediocre y malcriada dirán algunos. Otros se permitirán leer lo que sigue. Al terminar, otros tantos pensarán eso mismo.

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