El legítimo derecho a la tristeza y a la desubicación

Yo, abogada de las causa perdidas, vengo hoy a interceder por el legítimo e inalienable derecho al desubique. Sí, ese que se siente cuando uno no sabe cómo lidiar con su vida, con el futuro que nos prometieron en la infancia y que de repente se volvió el presente. Consentida, mediocre y malcriada dirán algunos. Otros se permitirán leer lo que sigue. Al terminar, otros tantos pensarán eso mismo.

El ineludible camino hacia la felicidad

Nos enseñaron a ser agradecidos. (“Cómase eso que hay niños en el mundo que no tienen qué comer”. O su alternativa: “cuando yo era chiquito comíamos lo que nos daba o lo que hubiera, su abuelito fiaba en la tienda porque no había para el mercado”). Nos enseñaron a aprovechar las oportunidades (“Mire, usted me vuelve a salir con una de esas y la saco del colegio y la meto a la escuela pública”. O la favorita de los papás con sus hijos hombres: “Sigue con el chistecito y se va para la escuela militar”). Nos convencieron de que todo lo de nosotros es fácil si de verdad queremos hacerlo (“Ustedes los jóvenes se quejan mucho. Usted se imagina lo que era estudiar sin el interné ese? A ver de dónde sacaba la tesis sin Gogol!”). Yo, la verdad no sé si eso es o no así. Los que dicen eso son los que vivieron en ambas épocas así que no nos queda otra alternativa que creerles. Tenemos que ser felices y exitosos, porque lo tenemos todo. La felicidad y el éxito son nuestra obligación.

La inevitable senda del fracaso

Pero pues no. En medio de todo el agradecimiento, las oportunidades y lo fácil que nos tocó también tenían que habernos dicho que uno a veces se siente triste y desubicado. Que las cosas salen mal, a pesar de que Google tenga todas las respuestas y Twitter todos los chistes y Waze todas las direcciones. Debieron advertirnos que las cosas salen mal con mayor frecuencia de lo que salen bien. Que mal y bien no son sino los extremos de un continuo. Que se puede estar bien en unas cosas y mal en otras. Y por ese ínfimo detalle, porque no nos dijeron que también podíamos sentirnos tristes y perdidos, y no solo felices y agradecidos, nos resulta un sentimiento tan ajeno que respondemos ante él como ante la olla de agua caliente: apenas nos toca, en un solo reflejo soltamos todo, olla al piso y naufragio en una ollada de agua.

Fracasar pero complacer

No quiero decir que fracasamos en nuestro “fácil” camino al “éxito”. Todo lo contrario. Fracasamos en nuestra intimidad. En lo que es de nosotros para nosotros. Lo que es de mostrar al mundo –el trabajo que acabamos de conseguir, el grado Summa Cum Laude, la admisión al posgrado de lujo– en eso no fracasamos tanto, o estamos menos dispuesto a abandonar ante las dificultades,lo que no es lo mismo pero tampoco es tan diferente...

Somos multi-taskers en todo menos en manejar nuestras vidas. Como nos dejamos convencer de que la teníamos que sacar del estadio sí o sí entonces apenas aparece el menor signo angustia, estrés, desasosiego o al mínimo sentimiento de incomodidad nos deshacemos de todo lo que puede estar saliendo medianamente mal. Un amigo salía con alguien. Así, en pasado, “salía”. Le pregunto qué pasó y me dice que la mujer consiguió un trabajo buenísimo y que no le queda tiempo y que quiere dar todo de sí, entonces que amigos.Días después una amiga me cuenta que terminó con el novio porque el hombre empezó una pasantía, sentía mucha presión porque todo le tenía que salir bien porque era la primera vez que veía a sus papás orgullosos de él. Después de estos primeros, la misma historia pero en otras palabras y con otras voces la volví oir creo que cientos de veces. O sus variaciones: la que se fue a hacer posgrado al exterior hace semanas que no le contesta el teléfono a la mamá. Es que está en parciales. El que consiguió pasantía en la multinacional Noséquévainas o en el buffet Noséqueotras abandonó un tratamiento médico importantísimo porque eso le quitaba mucho tiempo y no podía trabajar al ritmo que necesitaba para establecer su red de contactos, fortalecer su hoja de vida y ascender.

De que la logramos la logramos. No por nada, en el fondo, por cursi que nos parezca, todos juramos que ya, que ya casito ponemos el pie en ese mundo del que nos advirtieron que éramos el futuro. Pero cuando algo empieza a tornarse difícil los primeros sacrificados somos nosotros mismos. Estamos dispuestos a perderlo todo para complacer esas expectativas de los que nos proclamaron “el futuro”. Pero la logramos por un solo lado y yo no termino de convencerme de que ese sea el futuro que todos imaginaban mientras nos obligaban a tomarnos la sopa y nos amenazaban con sacarnos del colegio.

El legítimo derecho a la tristeza y la desubicación

Entonces, he aquí mi reivindicación. Se vale sentirse triste, se vale sentirse perdido, se vale el fracaso y se vale no soltar la olla para solucionarlo todo de inmediato. Se vale dejarse quemar un poquito. Y, sobre todo, se vale no lidiar con esa tristeza y ese desubique abandonando todo lo que nos hace felices, lo que nos acompaña y nos hace bien. En pocas palabras, se vale no querer combatir la tristeza renunciando a la felicidad que nos dan las pequeñas cosas, que a veces son tan difíciles de cuidar y conservar cuando el éxito absoluto se nos muestra como la única opción de agradecer y de aprovechar.