Carta abierta a Viviane Morales

Usted no me conoce. Me ha visto, pero estoy segura que no se acuerda de mi. Yo en cambio sí la recuerdo mucho. Por motivos que no hace falta mencionar, en el 2011 fui una testigo silenciosa y casi invisible de una reunión que se organizó en su honor, para celebrar su nombramiento como Fiscal General de la Nación. Yo la recuerdo mucho porque a mis 20 años, apenas iniciando mis estudios universitarios y mientras me hacía cada vez más consciente de las injusticias que se cometían contra mí por el simple hecho de haber nacido mujer, tenía toda la importancia del mundo tener en frente a la primera mujer que sería Fiscal General de Colombia. Ese día usted estaba rodeada de hombres, hombres de esos que se ríen con voz falsamente ronca y que se dan sin cesar palmadas en la espalda. Y sin embargo, en mi mente usted valía 20 de ellos. Estoy segura que ya estaba acostumbrada a la situación. Si en el segundo decenio del siglo XXI a usted la acababan de nombrar la primera mujer en uno de los cargos más importantes del país no es porque en el mundo político (ni en ningún mundo en realidad) haya precisamente igualdad de género. De algún modo, ese día para mi usted era la cara de todas las mujeres del país que aspiramos a vivir en un lugar en que a las mujeres nos tomen con la seriedad que, como seres humanos capaces y dignos, merecemos.

Imagínese mi decepción cuando hoy la veo en todos los medios como la cara de un movimiento que busca aplastar la posibilidad de conformar una familia a una minoría que, como las mujeres, ha padecido la discriminación, los estereotipos, el menosprecio  y la humillación que caracteriza a la sociedad machista en la que tuvimos a la vez la suerte y la desgracia de haber nacido.

Usted es abogada y fue profesora de una de las facultades de derecho más importantes de nuestro país. Estoy segura que una institución tan respetada y respetable le enseña no solo a sus estudiantes de Jurisprudencia sino a todos los estudiantes que pasan por ahí, que Colombia es un país democrático que desde 1991 aspira a destacar su pluralismo y multiculturalidad, por medio del reconocimiento de la igualdad y la dignidad de todos los seres humanos.

Me cuesta creer que usted de verdad crea en ese slogan que está promoviendo de “un papá y una mamá”. Me cuesta creer que alguien educado y culto como usted no sea consciente de que, digamos lo que digamos en la tele, en el Congreso o en Twitter, Colombia es un país de familias plurales. De padres divorciados y vueltos a casar, de madres solteras y padres solteros, de abuelos que crían a sus nietos en ausencia de los padres, y muy felizmente, (por ya son un hecho y ya existen y pronto habrá muchas más) familias con dos papás o con dos mamás o con papás que decidieron cambiar de sexo.

Pero, sobre todo, me parece imposible pensar que usted, educada en leyes, no sepa que la democracia no significa que la mayoría, ese 85% que usted dice representar, pueda tomar decisiones sobre lo que puede o no hacer una minoría. Que no se dé cuenta de que ese sería un perfecto ejemplo para que una profesora, como usted hace poco lo fue, explique lo que es una forma aberrada de la democracia: la dictadura de las mayorías. ¿Se imagina qué hubiera pasado si el voto femenino lo someten a la votación de un público elector enteramente masculino? No estaría usted ahí sentada haciendo leyes ni hubiera tenido yo la posibilidad de estudiarlas. 

Me niego a pensar que una mujer como usted esté convencida de verdad de que una familia homoparental impide conocer el rol de los dos géneros. ¿Qué es eso, de todas formas? ¿El rol de los géneros? ¿Pensar que el azul es para niños y el rosado para niñas? ¿O que una mamá es incapaz de enseñarle a su hijo adolescente a afeitarse? ¿O que un papá no le puede hablar a su hija de toallas higiénicas? ¿O que una Fiscal General, por ser mujer, le debe explicaciones a todo el país sobre su decisión de casarse con quien se le dio la gana? Yo no sé a usted, pero los muy diversos comportamientos que me han enseñado para poderme realizar como persona no solo me los han enseñado mi papá y mi mamá. Mi papá me enseñó a hacerme el nudo de la corbata, porque el uniforme de mi colegio lo requería. Pero cuando mi hermano entró al colegio el nudo me quedaba mejor a mi, así que yo le enseñé a él y, de paso, cuando mi papá tenía algo muy importante me pedía a mí que le organizara su corbata. La primera toalla higiénica que usé me la dio mi tía. Mi mamá detesta cocinar así que la primera vez que hice arroz tuve que acudir a mi otra tía y el mejor consejo para que no me quedara pegotudo me lo dio mi tío, ese mismo que cuando mi prima y yo éramos chiquitas nos rogaba para que lo dejáramos cepillarnos el pelo después de salir de la piscina.

Me parece imposible que una persona que en su hoja de vida figura como investigadora de su alma mater, crea que con decir “estudios científicos internacionales” y enumerar un montón de prejuicios sobre las familias homoparentales está haciendo algo más que transmitir un sinfín de falacias. Me niego a aceptar, aunque lo vea con mis propios ojos, que una investigadora como usted no entienda la irresponsabilidad que comete al usar su imagen como figura de autoridad para desestimar sin más, sin argumento válido alguno, la abrumadora evidencia científica, emitida por las autoridades más expertas en la materia, en la que se basó la Corte Constitucional para asegurar que la orientación sexual de una pareja no puede ser criterio para impedir que inicie un proceso de adopción.

Sin embargo, desde que su argumento sea que “la adopción no es un derecho de los adultos,” sospecho que usted no ha leído la argumentación de la Corte. O, lo que es peor, que, aunque la leyó, deliberadamente quiere tergiversar el contenido de esa decisión. Porque esta, así como la Sentencia SU 617 del 2014, se fundamenta principalmente en el derecho de los niños a una familia y alega que, ante la evidencia científica que confirma que una familia homoparental es tan adecuada como una familia heteroparental, sería un despropósito negarle a un niño el derecho a una familia basándonos en prejuicios infundados.

Me despido, no sin antes agradecerle por recordarme que la defensa de los derechos fundamentales y las dignidades humanas no tiene una cara sino muchas, que a veces tiene cara de hombre y otras de mujer, a veces de hombre y de mujer al mismo tiempo y a veces no tiene cara ni de hombre ni de mujer sino de lo que esa cara decida que quiere ser. Y que cuando unos nos fallan, ahí están los otros para fallar en nuestro favor.